ME FIJÉ EN SUS BRAGAS de Nuria Bato

Desde hace años cojo el tren de cercanías de las ocho y cuarto de Mataró a Barcelona. A esas horas siempre voy demasiado dormido como para leer el periódico. Suelo mirar por la ventana y perderme en ensoñaciones. Me estimulan los barrios periféricos creados así en vertical. Miles de vidas discurriendo unas encima de otras. Me gusta imaginar qué estará sucediendo en cada una de ellas a esas horas de la mañana. Probablemente el mismo ritual de cafés con leche, galletas y cepillos de dientes.

Muchas mañanas el tren para en un cruce de vías a la altura de la Verneda. Las fachadas traseras de las casas muestran su descuido, su condición de trastienda. Desde mi asiento, en esas demoras desacompasadas me entretengo mirando los tendederos. La proximidad del tren me permite adivinar muchas vidas. Enormes fajas: viven con la abuela. Camisetas deportivas: juegan al fútbol con los compañeros de trabajo. Vidas obreras, algunas en el filo de la marginalidad.

Hasta aquel día, eso habían sido entretenimientos de trayecto diario para vencer el aburrimiento. Como el que completa sudokus, sin más. Sin embargo, ese día algo cambió. Me llamó la atención una de las líneas de cuerda. En ella colgaban unas bragas finas, de blonda verde, un tono esmeralda que desencajaba totalmente con la vulgaridad del entorno. Me quedé prendido en sus brillos. En las otras líneas del tendedero, ropa de hombre y unos pantalones de niño. No, definitivamente aquellas bragas no congeniaban ni con el barrio ni con una condición de madre de familia. Desde entonces, mis desvaríos matinales se centraron en reconstruir la figura de la mujer que llevaba aquellas bragas. Fueron días de inquietud mientras conocía su colección de lencería: bragas de raso azul, de seda con flores rojas bordadas, tangas con incrustaciones plateadas… Objetos desubicados. Como me siento yo a veces.

Necesitaba verla. ¿sería una pelirroja, de pelo largo ondulado? ¿una rubia rellenita de ojos azules? Se me desbocaba el pensamiento. Su imagen había entrado en mis sueños. Aquellos días me agitaba inquieto en la cama hasta que sonaba el despertador.

Un día, yo no había pillado asiento, iba en la plataforma rodeado de brazos y sumido en esa mezcla de olores de desodorante y sudor de principios del verano. Y de repente la vi. Empujé a unos cuantos chicos y me aproximé a la puerta del tren. Pegué la cara y las manos al cristal. Algunas personas, al ver mi agitación, dirigieron la vista hacia el mismo lugar sin entender. Allí estaba ella, tendiendo unas camisetas de niño y unas sábanas. Era una mujer morena de unos treinta años. Llevaba la larga melena lacia recogida hacia un lado con un prendedor. Dejaba al descubierto un cuello largo y unos preciosos hombros perfilados por la clavícula. Me gustó, especialmente por la elegancia de sus brazos al extender la ropa, sus ademanes al recogerse el pelo que le caía sobre la cara, el modo cuidadoso de dejar las pinzas en el cestillo rojo que tenía en una repisa al lado de un geranio.

Desde aquel momento mi mente no se ocupó en otra cosa que no fuera encontrar el modo de llegar hasta ella.

Quizás no fue una idea ingeniosa, no sé. Al fin y al cabo soy un comercial, vendo componentes informáticos en papelerías y grandes almacenes. Traté de distinguir la marca del detergente situado encima de su destartalada lavadora. Por el color y el logo era Flota, sin duda. Me llevó solamente dos días trazar un plan para el encuentro.

Ese día me puse un traje marrón claro, ligero, fresco, elegante. Una camisa clara y una corbata azul. Reconozco que no soy muy guapo, pero soy alto y tiendo a la delgadez. Empieza a caérseme el pelo, eso sí, pero esa es mi única preocupación. Mi fuerte, sin duda, son mis ojos azules.

Así me encontraba en el rellano de su escalera esa mañana de junio. Llamé al timbre y me anuncié como representante de detergente con muestras de regalo. Ella llevaba el pelo suelto, un pantalón ancho y una camiseta a rayas sin mangas. Sus ojos eran tan negros como su pelo. Me parecieron brillantes pero sobre todo vivos, de una viveza para la que mi timidez no iba preparada.

–       Ehhh- balbuceé- estoy haciendo una encuesta ¿usted usa detergente Flota?

–       Sí. – me contestó con la puerta todavía entornada.

–       Ah, pues precisamente estoy buscando una persona que me pueda dar una opinión él. Soy del control de calidad de la empresa. Si responde a unas preguntas le dejaré dos paquetes de regalo, entrará en un concurso y le puede tocar un electrodoméstico para el hogar.

–       Ah, no sé… ¿es muy larga?

Creo que le di buena impresión, me invitó a pasar a la cocina.

Un niño de unos tres años correteaba por el salón. Se acercó a nosotros a hurgar en mi maletín. Nos sentamos en la cocina. En ángulo. La tenía a mi derecha. Era guapa, pero de no una belleza de esas de anuncio. Tenía los dientes un poco montados pero eso le daba incluso más gracia a su sonrisa. Hacía calor y yo sudaba a pesar de la ligereza de mi traje. Me fijé en los azulejos de flores amarillas y en los muebles de fórmica con las esquinas levantadas. Ese ambiente triste y cutre contrastaba con su mirada. Era directa, nada evasiva. Contestaba con naturalidad. Su voz era tenue, incluso cuando regañó al niño por tirarme del pantalón. Tenía un deje extranjero que yo relacionaba con lejanas latitudes. Y, aunque yo a esas alturas debería haber estado pensado en la zona corporal que vestía con sus bragas azules, me prendí de sus movimientos al coger un vaso de agua de un armario superior de la cocina. Quizás lo que más me atraía de ella era eso, su elegancia que destacaba en ese entorno de baldosas cuarteadas y sillas desvencijadas. Me despidió con una sonrisa, no sin antes advertirme que no creía en concursos ni en premios. Le dije que el sorteo se celebraría en dos semanas. Miré sus datos en la ficha. Se llamaba Amalia.

Pasé quince días muy agitado. En vilo. Esperando a llamarla para darle la noticia. Por supuesto había ganado el concurso. Pasaría el martes por la mañana a darle el vale de regalo si le iba bien.

Me presenté de nuevo en su rellano con un vale para un microondas. Llevaba la chaqueta en la mano y una camisa azul claro, creo que ese color resalta el de mis ojos. Ella estaba diferente. Los pantalones tejanos finos y ajustados resaltaban su figura y la blusa de flores, muy planchada le daba un aire distinguido. Me pregunté si se habría arreglado para mí y eso me llenó de torpeza. Me quedé allí atontado. Cogió el papel en sus manos y lanzó una carcajada abierta. Era la primera vez que ganaba un concurso. Me miraba divertida, a la vez nerviosa. Por fin dijo: – habrá que celebrarlo. ¿te apetece un café? –

Me senté en la misma silla que la ocasión anterior. La observaba mientras preparaba la cafetera.

–       El niño ha ido a jugar a casa de su amiguita, en el edificio de al lado. Aquí solo se aburre.

El olor a café inundó la cocina y le dio a la escena un aire cotidiano. Sus brazos quedaban muy cerca de los míos. Me ofreció galletas. Le pregunté por su acento y me contó que su madre era brasileña, una cantante bastante conocida en su país, murió cuando ella tenía veinte años. Se vino a España con una tía. Su marido era camionero, transporte internacional. Pasaba días fuera de casa. Hablamos mucho rato, me contó de Curitiva, su ciudad. Yo le hablé de Huelva, de mi separación, apenas de mi trabajo.

De vez en cuando el pelo le venía a la cara. Estaba tentado a retirárselo con una caricia, la tenía tan cerca… Finalmente era ella la que se lo recogía detrás de la oreja con un movimiento suave.

En un momento apartó la vista hacia la ventana. El ruido de un tren nos distrajo.

–       Yo cojo el tren cada día. Paso por aquí sobre las ocho y media- dije.

–       Ah.

Cuando miró el reloj habían pasado más de una hora. Los dos nos sentimos aturdidos.

– Tengo que ir a buscar a mi hijo- dijo, y me acompañó hasta el recibidor. Gracias por el regalo. Bueno, y por la compañía. Me ha dado por hablar y has perdido la mañana…

–       No. Es parte de mi trabajo.

Me fui de allí dando brincos. Mi corazón corría acelerado. En esa cocina, en ese tiempo, algo había pasado entre los dos.

Una vez en mi piso, me abatió una certeza. Ya no tenía ninguna otra excusa para volver a su casa. Quizás esa había sido la última vez que había estado con ella. Debería haberla acariciado. Esa noche apenas pude dormir.

Al día siguiente, miércoles, el tren paró como tantas veces en la Verneda. Su balcón estaba vacío. Fueron dos minutos interminables. Cuando el tren iba a arrancar ella apareció por la puerta. Miró hacia el tren. Se puso a regar los geranios. Me pareció que sonreía. Me dio un vuelco el corazón. Al día siguiente ella volvía a estar en allí, a la misma hora, colgando unos calcetines de niño.

Tenía sus datos en la ficha. Si al día siguiente la veía, esa sería una señal. La llamaría.

El viernes volvía a verla. Cogí mi móvil y la llamé. Era a un fijo.

Se metió en la casa.

–       Hola, soy Luis, estoy en el tren.

–       Hola… ¿Preparo un café?

Una respuesta to “ME FIJÉ EN SUS BRAGAS de Nuria Bato”

  1. me encantó, ¿puedes hacer una segunda parte?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: